Congratulaos, hijos de la gran Europa

Felicidades, Europa. Dejad que fluyan los licores y cubrid a las vírgenes de oropeles, porque llegó el momento de recoger el fruto. La gloria. El reconocimiento. Congratulaos, hijos de la gran Europa, porque hoy sois el espejo de la Concordia, de la armonía entre los grupos humanos. De la unión y la conformidad.

Felicidades a la Europa de los CIEs, de las vallas, los muros y las deportaciones colectivas. En tus valores humanitarios descansa nuestro orgullo de pertenencia. Enhorabuena a la Europa que bordea un Mediterráneo sembrado de cuerpos flotando, donde ONG como Proactiva Open Arms se arremangan en su nombre mientras ella descansa hinchada de instituciones inútiles.

Felicidades, Europa. Duerme la borrachera de la ultraderecha que vuelve a cabalgar por tus campos sin disfraces, pintando de terrorismo a los refugiados que todavía no has acogido. Felicidades por el espíritu gregario de muchas de tus naciones, por los miembros de primera y de segunda, por la falta de oportunidades, por la puta austeridad.

Saborea, Europa, las mieles de un premio que no mereces. Un premio que reposa sobre valores como la libertad, los derechos humanos o la solidaridad, y de los que tú no has oído hablar en los últimos 60 años.

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El XVII Congreso de Fundraising en cuatro frases entre ceja y ceja

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Trabajo en el Tercer Sector. Después de haberle dado unas cuantas vueltas a la profesión (prensa, tele, gabinetes de prensa… ¡teletexto!), hace un par de años me dieron la oportunidad de encargarme de la Comunicación de una fundación de empresa que financia proyectos relacionados con temas de discapacidad. Se da la circunstancia de que parte de esa financiación proviene de otras empresas, por lo que, además de funcionar como financiera, hacemos labores de captación de fondos.

Todo este rollo viene a que ayer se clausuró el XVII Congreso de Fundraising, la cita anual que reúne durante dos días en un mismo recinto a la mayor parte de las ONG de nuestro país, sus responsables de captación, los dircom, directores de marketing y, sobre todo, fundraisers. A mí, con el Congreso, me pasa algo muy curioso, y es que lo vivo como vivía los festivales indies en los noventa; me planifico con semanas de antelación las conferencias, mesas redondas y talleres como si tocasen Muse, los Pixies y Beck en un lapso de cuatro horas. Tomo apuntes a pesar de que luego los materiales estén a disposición de los asistentes, abordo a los ponentes, tuiteo lo que más me llama la atención… Pero si algo tiene de bueno esta actitud a medio camino entre el fanatismo por el oficio y la ingenuidad es que de tanto poner la oreja con fuerza los conceptos calan. Se quedan. Y eso es lo que me va permitir resumir el congreso en cuatro frases. Cuatro hostiazos entre ceja y ceja que me han hecho revolverme en la silla unas veces, me han abierto la puerta de las ideas otras y, en todo caso, se han configurado como mi perfecto resumen de estos dos días. Ahí van.

  1. “El acto de altruismo más grande que puede hacer un ser humano no es dar su vida por una causa, sino dedicar el resto de su vida a defenderla”. Kumi Naidoo (Director Ejecutivo de The African Civil Society Initiative). Bendita perogrullada. Kumi dejó dos o tres perlitas en poco más de una hora de charla, pero a mí fue ésta la que me abrió las orejas, quizás por el contexto en el que la relacionó (parece ser que la frase era de otro activista, amigo suyo en la Sudáfrica de los setenta que, paradójicamente, se quedó por el camino a balazos). El caso es que la frase en cuestión desprende toda la verdad que cabe en sus 29 palabras, y de paso pone un poco en su sitio a demagogos, cuñaos y aspirantes a martir.
  2. “Todas las organizaciones deberían tener en plantilla a un creativo”. Lucila Rodríguez-Alarcón (Directora de la Fundación porCausa). ¡Ole tú, Lula! Qué gusto da a los que provenimos de ámbitos laborales más locuelos (en mi caso, de hacer guiones audiovisuales) que alguien con callo en el sector apueste por romper los convencionalismos buenrrollistas de lo no lucrativo, y proponga incluso comunicar desde la ironía y la carcajada apuntando hacia nosotros mismos. Querida, tienes un fan para los restos.
  3. “En los próximos diez años viviremos la mayor revolución social de los últimos cuatro siglos”. Gemma González Andrés (Directora de Konnectare Values). Debo confesar que esta frase no la escuché en directo, pero mi jefe sí. Y me la ha proyectado. Si esto es verdad, la situación se plantea más jebi que la camella de Alice Cooper. La cosa se refiere, sobre todo, a la impresión 3D de los conceptos más variopintos (desde casas que se levantan en una hora hasta órganos humanos) y a la locura de lo que llaman el Internet de las Cosas. Echa un vistazo a este vídeo, porque muy pronto tendrás este juguete en el salón de tu casa.
  4. “Tengo una mala noticia. Todos los que estamos en esta sala tenemos una enfermedad degenerativa que acabará tarde o temprano con nosotros. Esa enfermedad se llama vivir”. Ramón Arroyo (Economista, Triatleta y persona con esclerosis múltiple). Sin duda, el momento más emocionante de todo el congreso fue cuando este señor salió a escena. Habló de lo suyo apoyándose en imágenes de la película “100 Metros”, basada en su historia, y terminó su intervención con las únicas imágenes reales de toda la ponencia: las de él, su mujer y sus dos hijos cruzando la meta después de que el colega se hubiese metido entre pecho y espalda un Iron Man, que para quien no lo sepa es una prueba que combina cuatro kilómetros nadando, casi doscientos en bici y, por si acaso te quedas con hambre. un maratón con sus 42 kilómetros y pico. En su testimonio y en frases como la que aparece arriba está la clave que nos permite pensar que la mayoría de las veces que nos quejamos, lo hacemos porque somos unos completos gilipollas.

Huevos

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Y después de todo aquel tiempo aguantando las burlas y las protestas de sus compañeras de corral, esa tarde por fin, al levantarse de la cesta, lo encontró erguido sobre el pasto del ponedero. Lo contempló unos instantes, y alzó su largo cuello orgullosa mientras las demás cacareaban desde sus nidales de asombro e incredulidad. Era más que blanco, acrisolado. Su forma, perfectamente ovalada, e incluso más grande que los de las otras. Y fue así que, desde entonces, ninguna gallina del mundo volvió a decir jamás que las jirafas no pueden poner huevos.

Mujer tenías que ser

Mujeres

Cuando él se ha levantado de la cama, ella llevaba más de cuarenta minutos andando por la casa. En ese tiempo, ha preparado la ropa de las niñas. Ha puesto sobre la mesa de la cocina las galletas, una bolsa de magdalenas, y también ha sacado el cartón de leche de la nevera. Ha mirado su agenda de trabajo y ha dejado lista la bolsa donde guarda los exámenes de sus alumnos a medio corregir. Luego se ha duchado. A las siete y veinte, cuando él se ha levantado de la cama, ella ya se estaba secando el pelo.

Él se ha metido en el baño contiguo, se ha sentado en la taza y ha cerrado la puerta. Mientras, ella, sin hacer demasiado ruido para no despertar aún a las niñas, ha entrado en la habitación y se ha vestido. Se estaba abrochando la hebilla de los zapatos cuando él ha tirado de la cadena y ha entrado también en el cuarto. En voz baja, han hablado acerca de llevar el coche a pasar la revisión, y han acordado que sería ella la que lo haría, porque hoy él saldrá más tarde de trabajar. Ella ha pensado que no queda demasiada fruta, y que tal vez podría aprovechar a la vuelta para pasar a comprar, pero sobre eso no han dicho nada.

A las ocho en punto, cada uno ha entrado en la habitación de cada una de las niñas a despertarlas. Él ha cambiado el pañal a la más pequeña. Para cuando ha terminado, la mayor ya estaba vestida. La niña le ha dicho a ella algo sobre un trabajo de la Semana de la Ciencia que tiene que hacer, y ella le ha contestado que por la tarde se pondrán con ello. Parece que se le ha ocurrido una idea que a la niña le ha parecido genial. En ese momento, la pequeña ha empezado a llorar y ha echado los brazos hacia su madre. Ésta la ha cogido y la niña se ha calmado.

Los cuatro han desayunado juntos, y mientras lo hacían, ella ha repasado en voz alta todo lo que la niña mayor debería llevar en la mochila. Cuando han terminado, a eso de las ocho y media, han salido de casa. Hoy será él quien lleve a las niñas a la escuela, andando, antes de ir a la oficina, porque han decidido que sería ella la que dejase el coche en el taller. Así que él y ella se dan un beso, ella besa a las niñas, y conduce calle arriba camino de su trabajo en el instituto. Cuando llega hasta el primer semáforo, está en rojo, y ella aprovecha la pausa para visualizar mentalmente el esquema de clases de la mañana. El semáforo vuelve a ponerse en verde, pero su cabeza sigue fija en el examen de recuperación que quiere poner a uno de sus alumnos, uno que suele llegar a clase medio dormido, aunque ella sabe que puede conseguir mucho más si se esfuerza. Por eso, no se ha dado cuenta de que el conductor que tiene detrás ha empezado a impacientarse. Tanto, que hace sonar el claxon repetidas veces, asoma la cabeza por la ventanilla y le grita, tan alto como puede para que ella lo escuche.

– ¡Mujer tenías que ser!

Y es entonces cuando ella, consciente de repente de la frase que acaba de escuchar, gira la cabeza, le mira y, sonriendo, asiente orgullosa.

El día que Neil Young y su asistente condujeron a través de la noche madrileña

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Cerca de mi casa hay un Día. Un supermercado Día, quiero decir. Y en la puerta, un señor pidiendo que tiene la misma cara que David Crosby. Pero igualito, oye; con su bigotón, su melenaza blanca y su todo. David Crosby fue uno de los fundadores de The Byrds en los sesenta, y participó en la banda de armonías vocales Stills, Crosby, Nash & Young. Como hombre de su tiempo, se puso morado de ácido, hierba y vinagre, y por eso, aunque sé que es mentira, me gusta pensar que el tipo de la puerta de Día es el auténtico David Crosby que, diezmado por los excesos, abandonó San Francisco siguiendo su destino, y lo acabó encontrando a medio camino entre Batán y Aluche.

A mediados de 2016, Neil Young, compañero de Crosby junto a Graham Nash y Stephen Stills en los setenta, pasó por Madrid para participar como cabeza de cartel de un festival. En mi fantasía, cuando el canadiense finalizó su concierto, conocedor de la situación de su viejo camarada, pidió a uno de los miembros de su equipo que le llevase a ver a David. Así que Neil Young y su asistente condujeron a través de la noche madrileña un sedán americano de marchas automáticas. Subieron el Paseo de Extremadura como auténticos anónimos, y desembocaron en el cruce de calles donde se alza el supermercado, y en el que David Crosby dormía arropado con una manta de color anaranjado.

Me resulta divertido imaginar que la conversación entre los dos iconos transcurrió en los siguientes términos:

NEIL YOUNG – ¡David! ¡David, cojones, qué haces tirado en el suelo! ¡Levanta, muchacho!

DAVID CROSBY – (Aún dormido) ¡Estas no son horas de entrar a voces en una casa decente!

N.Y. – No me jodas, Dave.

D.C. – ¡Coño, Neil Young! ¿Qué haces aquí? (se incorpora hasta sentarse) ¿Cuánto tiempo hace? ¿Cuarenta años? Dame un cigarro, nene.

N.Y. – Dejé de fumar en los ochenta.

D.C. – Pues en el vídeo de Rockin’ in the Free World salías fumando.

N.Y. – No hice vídeo de esa canción.

D.C. – Lo sé. Iba a pillarte. ¿Bueno, qué te trae por aquí? ¿Has venido a decirme que salga de este infierno, que te acompañe a tu rancho en California, que juntemos a la banda?

N.Y. – He venido a por lo mío. ¿Te acuerdas de que me debes 122 dólares que te presté en el 76, que te habías dejado la cartera en el estudio…?

D.C. – Pues claro que me acuerdo, Neilico. ¿No me voy a acordar? Lo que pasa es que me pillas un poco justo de cash en este momento. ¿Por qué no te pasas en otro momento y ya vemos cómo lo hacemos?

N.Y. – Siempre fuiste una cigarra, David. Así no, eh. ¡Así, no!

Y diciendo esto, Neil Young volvió a meterse en el coche. Su asistente arrancó, y David Crosby les vio perderse calle abajo antes de volver a tumbarse y decir: “Vas tú listo si crees que te voy a pagar”.

Desfile de la victoria

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Trabajo en el Barrio de Salamanca, pegado a una tienda de ropa en la que venden batas de andar por casa de caballero a 400 euros. Para quien no lo conozca, el Barrio de Salamanca tiene el apodo de “La Milla de Oro de Madrid”. Con eso, ya podéis haceros una idea. Mi horario comienza por la mañana y nunca termina antes de las 7 de la tarde. Eso, de lunes a jueves, porque los viernes, además de permitirnos aplicar a nuestra indumentaria el código bussiness casual (oh, yeah), acabamos la jornada a las 3.

El lunes, el martes, el miércoles y el jueves, a las 7, me monto en la scooter que tengo aparcada en la puerta de la oficina, cruzo la Castellana, llego a Alonso Martínez, de ahí a San Bernardo, Conde Duque, Princesa, Ferraz… Y así hasta Aluche, que es donde vivo. Te aseguro que aquí no encuentras batas a 400 pavos. De lunes a jueves. Pero los viernes, no. Los viernes, cuando dan las 3, conduzco en la dirección contraria. Paso rozando El Retiro, bordeo la Puerta de Alcalá y, después de dejar atrás La Cibeles, me encuentro con ella. Con la Gran Vía.

Hoy es viernes, y como manda la tradición, he vuelto a ser infiel a mi ruta automatizada, y me he zampado una ración absolutamente voluntaria de gente con bolsas, de coches, de edificios bonitos. De asfalto y de cielo. De Madrid, después de todo.

En todo este tiempo que llevo perdiéndome por la Gran Vía los viernes a las 3 camino de casa nunca me había dado por pensarlo. Pero hoy, mientras atravesaba la perpendicular a Hortaleza y me tapaba la sombra de Su Majestad, el edificio de Telefónica, he reducido la velocidad y me he sentido dentro de un Desfile de la Victoria privado. Como esas imágenes de las tropas aliadas marcando paquete en formación por los Campos Elíseos. En el horizonte, Callao, y más abajo, la Plaza de España. Y a mis espaldas, cinco días de curro que bien merecen un fin de semana.

Hasta el próximo viernes, querida.

Feliz cumpleaños, espejo

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Son casi las once y veintiocho minutos de la noche. En poco más de media hora cumpliré 43 años. Joder.

En los últimos diez años me han pasado más cosas que en los treinta y tres anteriores. Le he visto la cara a mil demonios, y después he tenido dos hijas. Lo mejor que tendré nunca, de eso estoy seguro. He dejado atrás a un tío que creía que era yo, y resulta que no, que no lo era. Me he convertido en el hippy que aprendió a hacerse el nudo de la corbata. Y, después de todo, creo que no me va tan mal.

Prometo no escribir gilipolleces. Nada de cuando era un niño, las personas de más de  cuarenta ya eran señores mayores. Nada de memorabilia ochentera. Y, por supuesto, nada de nostalgia. Si algo me están dando los años a medida que suben al marcador es, además de un sentido bastante práctico de las cosas, una exquisita mala hostia que me hace pensar que voy camino de convertirme en un viejo encantador. Por esa razón, mezcla de pragmatismo y cabreo vital, a falta de treinta minutos de dejar de hacer pie en la orillita de la mediana edad, he decidido regalarme un blog. Sin pretensiones. Sólo quiero escribir.

¿Hay alguien ahí?